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  • John Franco

Sobre Inútiles formas de domar la miseria, de Nélfer Velilla

Actualizado: 9 mar 2023

La noche aquí es más bien fría, pero todavía tengo el cuerpo caliente de leer esta novela. Se llama Inútiles formas de domar la miseria, y es de Nélfer Velilla. La he terminado hace pocas horas. Velilla y yo hablamos sobre ella hace días. Yo ya había decidido escribir algo. No sabía qué, pero no iba a ser un intento de prólogo. Velilla comentó que no consideraba que una primera novela debería tener prólogo. Lo dijo exento de falsos gestos de humildad. Y lo entendí. Su prudencia le viene de ese sesgo de académico del filólogo. Ambos compartimos la profesión y la fidelidad que todavía le brindamos a una tradición, a unas normas implícitas sobre qué debe escribirse al publicar un libro. Este escrito es, pues, tan solo un comentario de un lector temprano, el primer momento de esa conversación larga y entrañable que se establece entre un escritor y todos los lectores de la obra. Y esta conversación comienza por un consejo: lean esta novela con una cerveza en la mano, y si es posible, en pantaloneta y camisilla. Las páginas convocan inevitablemente ese calor sórdido de la Trinitaria. La voz de Sico llegará apelmazada de alguna esquina acompañada de un acordeón y alguna tarde quizás caerá el sopor del sueño mientras se escuchan las olas del mar golpear la playa, o se sofocarán por un momento en ese vaho insoportable de rincón de mundo a punto de desaparecer en una polvareda, de vestíbulo de alguna puerta escondida del infierno.


Pero el infierno de la Trinitaria no es el lugar donde se cae irremediablemente a purgar los propios pecados. No. Como en la Divina Comedia de Dante, a la entrada del pueblo hay un letrero que dice, «Perded todos lo que entren aquí cualquier esperanza». Entramos así en el libro, nos damos cuenta desde el título que el rescate de la inevitable miseria ya no será posible. Buscarlo sí, por supuesto. Inútil la búsqueda, También. Pero se busca, todos los personajes que nos vamos a ir encontrando lo perseguirán. Intentarán, de muchas formas inútiles, domar la miseria a la que están condenados.


Le pregunto a Velilla por el génesis de la obra y me responde con historias que en este momento no se deben contar, pero me doy cuenta de que los lugares narrados, los personajes descritos, las historias contadas, viven con él de una manera muy profunda. Aunque reside ya hace años en Medellín, esta novela emana todo casi como una evocación de ese otro pueblito, Corozal, otro rinconcito del mundo. Me dan ganas de decirle que nos vayamos para allá, que sirvamos esa «cerveza matacalor después de cada jornada», que pongamos unos vallenatos y que me cuente en la gallera más historias como las de los niños en cruz, o que me hable de otros abuelos de pueblo que caminaban por ahí con la soledad de Rafael o la tristeza de Villalobos, que hablemos sobre cómo su propia experiencia como profesor de literatura se ve reflejada en esa luz que enciende el profesor Arsanios en los estudiantes de la pequeña escuela. Al final, podríamos contarnos algunas intimidades, ya en la conversación ligera y embriagada de la madrugada, sobre las mariagabrielas de nuestras vidas. Así de viva, de cierta, de ancestral y de relevante se siente la lectura de una novela que bebe de la misma realidad y de la misma magia de la tierra costeña, esa de la que han bebido las obras de García Márquez, Cepeda Samudio, Germán Espinosa o Rojas Herazo.


Al igual que en García Márquez o en Samudio, esta novela trata sobre un pueblo desamparado que se ve amenazado por una monstruo que cierne sus garras, sus soldados, para traer sobre él una miseria definitiva. Pero más allá de la gran trama social y política que se agita en el fondo, cada personaje busca domar su propia versión de la desdicha universal. ¿Por qué domar la miseria? Me pregunto, sin aceptar del todo la metáfora que plantea el título de la obra. ¿Qué tipo de animal es la miseria? ¿Es el toro de las corralejas que casi deja sin vida a uno de los Juanes? ¿Es el gavilán que amenazaba las gallinas y no había forma de echarlo? ¿Es el perro escuálido que camina por las calles de la Trinitaria? ¿Es el burro callado que sobrevive a los trabajos de sus dueños? Aunque pareciera que la miseria es una bestia indomable que te ataca cuando crees contenerla, lo cierto es que en la novela, como lo termina aceptando Rafael Manaure, es más como un «animal feo que a la larga hace buena compañía». No es indomable, pero es inútil. Quizás, como al mismo Rafael, lo único que la dome, sea la literatura. Tal vez la lectura de este libro sea una forma de aplacar, amansar, controlar la parte de nuestro ser que se revuelve inquieta tratando de entender esa incomprensible constante de nuestra historia nacional: la violencia, que ya sea narrada por Cepeda Samudio en La casa grande o por Velilla en Inútiles formas de domar la miseria, reducen todos esos pequeños rincones del país a infiernos condenados a un último verano del que no sobreviven.


John Franco



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